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Un hombre, muerto según parece, está extendido, abatido, frente a un pesado animal inmóvil y amenazante. Este animal es un bisonte y la amenaza que surge de él es tanto más grave por cuanto agoniza: está herido, y por el vientre abierto se deslizan sus entrañas. Aparentemente es el hombre caído quien golpea al animal agonizante con su venablo… Pero el hombre no es totalmente un hombre, su cabeza, la de un pájaro, termina en pico. En este conjunto nada justifica el hecho paradojal de que el hombre tenga el sexo erguido. A causa de este hecho, la escena tiene un carácter erótico; este carácter es evidente y está claramente subrayado, pero es inexplicable. EL EROTISMO, LA MUERTE Y EL “DIABLO” La simple actividad sexual es diferente del erotismo: la primera se da en la vida animal y sólo la vida humana muestra una actividad que define, tal vez, un aspecto “diabólico” al cual conviene el nombre de erotismo. (…) Si “diabólico” significa esencialmente la coincidencia de la muerte y del erotismo, si el diablo no es otra cosa sino nuestra locura, si lloramos, si largos sollozos nos desgarran –o si nos domina una risa enloquecida-, podremos dejar de percibir ligada al erotismo naciente, la preocupación y el tormento de la muerte, de la muerte en un sentido trágico, aun cuando risible al persistir. Aquellos que la mayoría de las veces se representaron en estado de erección, sobre las paredes de sus cavernas, no diferían de las bestias únicamente a causa del deseo que de esta manera estaba asociado –en principio- a la esencia de su ser. Lo que sabemos de ellos nos permite decir que sabían –cosa que ignoraban los animales- que morían… (de Las lágrimas de eros, George Bataille)

<em>   Un hombre, muerto según parece, está extendido, abatido, frente a un pesado animal inmóvil y amenazante. Este animal es un bisonte y la amenaza que surge de él es tanto más grave por cuanto agoniza: está herido, y por el vientre abierto se deslizan sus entrañas.  Aparentemente es el hombre caído quien golpea al animal agonizante con su venablo… Pero el hombre no es totalmente un hombre, su cabeza, la de un pájaro, termina en pico. En este conjunto nada justifica el hecho paradojal de que el hombre tenga el sexo erguido. A causa de este hecho, la escena tiene un carácter erótico; este carácter es evidente y está claramente subrayado, pero es inexplicable. </em>  EL EROTISMO, LA MUERTE Y EL “DIABLO” La simple actividad sexual es diferente del erotismo: la primera se da en la vida animal y sólo la vida humana muestra una actividad que define, tal vez, un aspecto “diabólico” al cual conviene el nombre de erotismo. (…) Si “diabólico” significa esencialmente la coincidencia de la muerte y del erotismo, si el diablo no es otra cosa sino nuestra locura, si lloramos, si largos sollozos nos desgarran –o si nos domina una risa enloquecida-, podremos dejar de percibir ligada al erotismo naciente, la preocupación y el tormento de la muerte, de la muerte en un sentido trágico, aun cuando risible al persistir. Aquellos que la mayoría de las veces se representaron en estado de erección, sobre las paredes de sus cavernas, no diferían de las bestias únicamente a causa del deseo que de esta manera estaba asociado –en principio- a la esencia de su ser. Lo que sabemos de ellos nos permite decir que sabían –cosa que ignoraban los animales- que morían…  (de <em>Las lágrimas de eros</em>, George Bataille) En una gruta de Lascaux (Dordoña, Francia) se descubrió en el año 1940 uno de los más asombrosos testimonios del paleolítico consistente en una especie de “Capilla Sextina” pintada dentro de la misma. Es tal la calidad de esta obra de arte que en un principio se pensó que se trataba de un fraude, pero hoy se sabe a ciencia cierta que la misma constituye, la máxima expresión de la civilización rupestre. Se trata de una caverna provista de magníficas pinturas prehistóricas (17.000 años a.C.) cuyos autores fueron -en ese caso y según se cree- miembros de la sociedad magdaleniense. En el interior de la cueva de Lascaux que se encuentra en el valle del Vezere, cerca de Montignac, en el suroeste de Francia, en los veinte primeros metros, un importante declive permite el acceso a un amplio espacio denominado Sala de los Toros, que es la primera sala que encontramos al entrar en la caverna, después de ella está el Divertículo Axial, hacia la derecha se abre una segunda galería más baja, el Pasaje, que comunica el Divertículo de los Felinos y la Nave con el Ábside, junto a ella en un lugar más apartado encontramos El Pozo, en la misma dirección hay unas salas enarenadas, que no poseen vestigios de origen humano. Estos espacios de la cueva están decorados con unos 1500 grabados y unas 600 pinturas en tonos amarillos, marrones, rojos y negros. Las pinturas son de temática animalística uros, bisontes, caballos, ciervos e íbices. Aparecen también signos de carácter geométrico y de significado incierto.
Tiene gran importancia dentro de la caverna, en el sitio más recondito llamado “Pozo” la representación aislada de una figura humana relacionada con un bisonte cuyo vientre -perforado por una jabalina- desparrama las entrañas mientras frente a él se desploma el matador simbolizado por un hombre con cabeza de pájaro muerto a causa de una cornada. Esta es la famosísima escena del Pozo, la pintura más dramática que encontramos, de una gran belleza estética. Su mayor valor radica en su increíble potencial narrativo; como una especie de comic prehistórico. Esta representación antropomorfa ilustra el enfrentamiento supuesto entre un hombre con cabeza de pájaro, como si llevara puesta una máscara, y un bisonte herido de muerte por un venablo y que se pisa las entrañas, mientras un rinoceronte que al parecer hirió al hombre se fuga hacía la izquierda, entre ellos hay un pájaro sujeto a una estaca. Existen varios elementos secundarios, tales como un signo en forma de gancho a los pies de la figura humana que posiblemente representa el arma con que ésta ha herido al bisonte destripado, quien parece estar a punto de cornear a su adversario, por la posición baja de su cabeza y porque da la impresión de estar azotando el aire con el rabo, lo que traducimos como una muestra clara de la agresividad del animal. Es indiscutible que en escenas como esta se ha querido representar una especie de conjuro chamanístico. Durante el encantamiento, el hechicero entra en trance y en ese estado vive la muerte del animal. El pájaro sujeto al palo podría significar la corporización del cambio espiritual del hechicero en estado de trance.
El reino del conjunto “Yo Ilusorio-Imagen de Sí “, dividido por un lado, y el hombre-pájaro, por el otro, es el símbolo egipcio, el del Apocalipsis, y muchos más, y representa al dragón que custodia la manifestación de ese reino. La lucha que se entabla en ese reino dividido concluye con el "suicidio" del yo ilusorio.

La enseñanza oculta en el Vaticano y Tívoli- 1977 - Abelardo Falletti.
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