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eNie dE eLeFaNte

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Las hojas rojas del otoño en la ciudad pintada se mezclaron tanto. ¿Ves? Era por esto que no me animaba a jugar el juego contra mí, sé que yo siempre gano. Estoy lejos, no puedo escribir en esta hoja, no estoy acá, maintenant. Yo siempre pierdo.
Es difícil que cambie mis modos por mí misma. Necesité alguien que me rompa, y rota, rotísima, ahora necesito las manos que me dieron sentido así y me mantienen más o menos cerca de mis pedazos, por no decir que necesito las manos que le dan razón de ser–existencia a ésta que soy ahora, a todas las que fui desde que dejé de ser una e indivisible. ¿Él quiere eso? ¿Necesitarme de estos modos? Yo, al menos, creo que ya no me necesito. (Claro, esa debe ser la diferencia: estar tan roto como para prescindir de lo que unía y, entonces, no poder ser (el nuevo ser, roto) sin las manos del crimen. Eso es.) Si pudiera… pero… tengo miedo de  tanto romper y que dejes de ser vos y empieces a ser lo que yo era antes del crack crack, esa que ya, se supone, no me inspira cariño.
Muchas hojas de colores de distintos otoños se mezclaron (¿es, el otoño, también un deíctico?) octobre-otoño. Fin. Algo roto. (Pero no de quebrado o de pena, sino de distinto, de contornos nuevos e inexplorados, por un momento, tallados por una mano ajena a todas las religiones de masas). Yo religo con los hilos de tu sangre / nada más. Se comulga, en mi religión, con vino profano.

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