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eNie dE eLeFaNte

.-.

“(...) Nos hace falta un país, aunque solo fuera por el placer de abandonarlo. Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aún cuando no estés te sigue esperando.”
de La luna y las fogatas Césare Pavese

(el casi de él)

Se sentó a escribirle pero no pudo.
Alguien debió advertirle que no podía seguir tirado en medio del patio provocando tormentas arbitrarias en sus líneas. La tormenta llovió, y llovió sobre ella. Ahora está empapada de su tinta, salpicada por las esperas del que escribe, esperando deje de esperar o de escribir o de provocar tormentas que mutilan de inocencia soledades holográficas nunca del todo, y siempre. (firma esto último en disconformidad).
Se sentó a escribirle pero no pudo. La tinta de cada letra se ramificó en otras varias humedades (líquido en líquido se pierde). No pudo escribirle. Fue por la lluvia. (y el frío). Se le mojó el papel.

Lugares comunes

Y sí. Para qué negar lo que es cierto (encima tienen pruebas).
Transito lugares comunes porque sus labios son como pétalos de rosa aterciopelada. Porque ella espera. Porque ando a pie. Porque siempre ganan los buenos. Porque el él de ella nunca llega. Porque se enamora del mejor amigo. Porque hay piel suave, hay labios secos, hay ausencias, hay ojos de miel (y lágrimas). Transito lugares comunes porque el llanto ahoga, el silencio aplasta, la noche teme. Porque amanece, porque el ocaso, porque la playa, porque su perfume, porque mi cuchi cuchi, porque su palomita de maíz. Transito lugares comunes (otra vez) si la distancia, si el fuego, si la caricia, si afuera el viento, si la soledad, si su boca, si el frío, si la lluvia, si la cama, si viceversa.
Si lo pienso mejor, esta aglomeración de lugares comunes, en algún punto, hace bien. (y no me voy a detener a contarles en cual). Pero además ¿qué les importa a ustedes? Qué hay si durante el día transito lugares comunes, si al final del recorrido, soy la única con quien comparte sus secretos, si al final, soy dueña soberana de t o d o s s u s l u g a r e s .
(que no son comunes).

Sueño Nº 1

Hay un lugar en mi almohada. Estoy sola (muy).
Hay una calle de piedras en mi virtualidad. Se llena de piedras mi rostro vuelto más áspero que de costumbre y las piedras del camino quieren ser mis dedos, mutan, se fusionan si las toco –se incorporan a mis manos, se alargan, se articulan, transpiran; serán dedos.
El camino es un pozo con piedras donde la gravedad tiene límites, y es inversa. Tiro una a la orilla e inmediatamente sube otra a ocupar el vacío que la una deja inconsciente (lo compruebo).
No conozco el lugar, pero sé que estuve ahí alguna vez, sé que pisé esas piedras, que ahora son escombros. Los tomo para acariciarlos con mis ojos, con la lengua, con mi olfato, para llenarme de ellos antes de la soledad. Ocurre que de tanto polvo mis manos pierden el sentido del tacto.
El mapa tiene la luz cortada (alguien me lo había advertido). Vuelvo al principio y todo está igual que antes de irme. Y me vuelvo a ir, y otra vez las piedras y el mapa a oscuras se hacen circuito pero, la última vez que vuelvo, ahí también es de noche. Tengo miedo y me voy a volver –a irme-, alguien amenaza un movimiento brusco y por natural reflejo se me cierran los ojos (ahí ya dieron la luz). Entonces comprendo. Junto todo lo mío, lloro por la imposibilidad de abarcarme toda, hecha sendero de piedras, cargo de mí y conmigo las maletas que llevo, y al cruzar la vía soy de nuevo la que se acostó a dormir un rato despojada de todo bien, de todo mal; de maletas, y alguien que saluda al pasar va con sus cómplices y lleva a cuestas las maletas en donde encontrarme (mis piedras).
Más tarde soy las baldosas con las que arman el silencio.

un mexicanito

"Hubo un rato en que yo también le ayude a llorar con mis ojos todo lo que pude"
Juan Rulfo

.

11
ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.
Alejandra Pizarnik

Se bifurcan los pasillos. (ella por las dudas va y vuelve) (a veces se queda un rato, o se despoja de caracoles en la orilla, antes de irse a volver). Los recorre a todos. Oigo los pasos. Sé que deambula buscándome. Sabe que sé que me busca. (por las dudas postergo el sonido) (y la mudez en exceso). La siento alejarse de todos los lugares en los que sigo siendo la que fui y ya no soy, con algo mío. Éste me pertenece... no quiero que me eche de nuevo (no me deja lugar, no hay vitrinas disponibles –no sé si las quiero-).
Viene despacio (arrastra preguntas). Viene despacio. La siento acercarse. No tiene prisa. Sabe que sé que escaparme es inútil. Camina lenta (como burlándose). Es amenaza –algunas veces bebió atardeceres en calas-.
Camina hasta detenerse del otro lado de la puerta. Recién ahí se queda inmóvil. Sin decir palabra. Sin buscar pretextos. (sabe que sé que me asecha)
Me tiemblan en el relicario los codos, los cuerpos prestados que yo cuidaba. Sé que viene a buscarlos (sabe que sé).
Me falta el aire que ella me respira. La siento succionar los poros míos que comenzarán a ser suyos. Se me hunden los senos. Me consume. El miedo que me nace desvanece dedos. La frontera de mi ombligo se borra, sus límites se expanden milímetro a milímetro y me caigo, al final, en el silencio (ese que queda).
Ella está llena de ausencias ahí, del otro lado (pude ver por la cerradura el hueco en sus ojos). También me espiaba. Estuvimos a una puerta de distancia y sin embargo ninguna de las dos ha puesto la mano en el picaporte.
Supongo que habremos decidido permitirnos el rito previo a lo que se sabe inevitable. Sabíamos que ese era el último pasillo. Todavía puedo depilarle (si quiero) un instante más al instante, pero últimamente me he vuelto en contra de la soledad mal paga.
El tiempo es la única independencia. Ella tomó coraje, ya.
El magma invade todos los pisos de mi espacio y yo por fin me siento en la terraza a contemplar la ecatombe.

····

····

Cree que fue quien desparramó los restos del portarretratos de cerámica, quien quemó los libros prohibidos, que fue él quien clausuró el verano. Que mojó el abrigo de lana al cruzar el río. Cree que tumbó las macetas y deshizo cascotes hasta el exilio, cree que jugó margaritas con pétalo impar, que tomó café en cuarto menguante. Cree (iluso) que fue él quien portaba el cuchillo cuando la puñalada. Ignora, el que se reconoce despiadado, que quizás fui yo la de la despiedad (o los dos, o ninguno). No tiene en cuenta (harto confundido) las curvas sin señas de las imágenes que refleja la figura que proyecta mi espejo. Tal vez no lo sabe, lo ignora o prefiere dudarlo; pero yo también puedo podar los brotes del sembrado. Puedo velar las fotos, hacer de tierra; barro, cerrar puertas sin llaves (ni candados). Puedo creer, también, que es mío el cuchillo. Sé que puedo. Sé cómo medir los andenes oxidados de las vías férreas. Él no lo entiende (cree que es el único): yo también sé jugarme la boca.

cursi

Se encuentran más por obra de la casualidad que por cualquier otra cosa, se acercan olvidándose del resto y sus manos van a sus manos, irremediablemente, manos de dedos casi imantados; o quizás sea la inercia lo que las hace llegarse, unas a otras, para frenarse mutuamente en el encuentro. Ella ha estado observando el detalle las últimas veces. (ella siempre ha prestado atención a esos detalles, sobre todo tratándose de él; quizás con la esperanza de descubrir allí un indicio más que por la simple autoatribuida vocación de observadora.) Lo cierto es que se toman de la mano y así perduran durante toda la casualidad. Ella sabe por qué ella (mas ignora si él lo advierte) y por qué él. (Tampoco sabe si él lo sabe, lo sospecha; digamos. –prefiere sospecharlo-)
Se acercan cada vez más y se saludan con ese tipo de besos que yo no oso clasificar de mera amistad, ni de lo otro (por desgracia, ni de lo otro). Él una vez los había rotulado en una casualidad previa, mientras hablaba de otra (como siempre, de otra). Se besan así, como por repetido accidente, y se miran. Ella sabe que él sabe que no fue accidente (él también sabe que ella sabe lo mismo.... debe recordar habérselo dicho). Se miran y se dicen algunas palabras de rutina, lo común en estos casos, (los ojos de ella dicen tanto desde su silencio... y escuchan –no se sabe si por alucinación o qué fenómeno extraordinario- tanto desde esos ojos que la miran).
Al momento (que nunca se sabe cuánto tiempo es, pero que a ella le parece siempre demasiado efímero) se despiden, “nos vemos después”, y, él no imagina cada vez lo que ella deja de decirle en esa mirada, o en el apretón de manos. Él no conoce lo que ella resuelve condenar a pudrírsele adentro en cada despedida.
Por un motivo u otro el “después” siempre aparece sin él. Después del pertinente después ella se va, y él se va, nunca vuelven a verse.
Llevo más de dos años observando esta historia y cómo la escena se repite montones de veces, y me estremezco junto a ella cada vez que él la deja con ese beso y se va.
Sólo un después fue realidad: el último. (y quizás fue sólo para recordarle que no hay cosa imposible, para que olvide de una vez por todas eso de intentar olvidarse de lo que permanecería perpetuado en su memoria). Ella se encargó de decirlo todo. Esta vez no se guardó nada en los ojos. Gritó a brillos las palabras, reflejó cóncavo al sentimiento, escupió sus pupilas. No se quedó con nada que él no supiera (o al menos no con tanto, como las veces anteriores). Él entendió el mensaje (si hay algo que caracteriza a sus ojos es que no son mudos..., ni sordos).
Inmediatamente las manos los llevaron a otro lado (o por las manos pudieron llevarse). Y luego por los brazos, por los ojos, por los labios...
Ella lo había soñado imposible y ahí estaba, parada frente a él después del beso, preguntándose si era cierta esa mañana, esa calle, ese cielo.

(cuando llegó a su casa no se atrevió a apoyar la cabeza en la almohada, por temor a despertarse.)

.......

PAPEL MOJADO
con ríos
con sangre
con lluvia
o rocío
con semen
con vino
con nieve
con llanto
los poemas
suelen
ser
papel mojado
Mario Benedetti

porque los poemas / recuerdos
si siguen siendo amontonados (sin contarse)
dejarán ya de ser papel mojado
comenzarán a ser papel maché,
o simplemente servilletas descartables

no está bien amontonar
los mojaderos del papel
si bien se piensa al fin y al cabo hay ríos podridos
sangre coagulada
vino patero
pero no está bien amontonar
los mojaderos del papel

no está bien amontonar en un cajón los ríos
ni la furia de la sangre
ni la monotonía de la lluvia
ni la dulzura de la más pequeña felicidad

no puede haber
lágrima / llanto / salinas
que no se lloren

no puede haber
lluvia / gotas / rocío
que no nos caigan

no puede haber
semen que no fecunde
vino que no emborrache

no puede haber
mojaderos del papel
que en un poema
puedan no decirse

(...)

“la vida, ese paréntesis”
M. Benedetti

( Hay días y días
horas y horas
momentos en los que no y momentos en los que es necesario -casi obligación- hacer un alto, rotular pertenencias clasificar verdades y archivar las mentiras piadosas para alguna ocasión en la que no sepamos qué decir, o en las que la verdad no sea el mejor partido -ni la mejor apuesta-.
Hoy es uno. Es bueno aceptarlo. Yo era una historia entre comillas o un camisón apenas con broches sujetado en la soga de colgar la ropa.
Era la hora en la que cortan el cable por falta de pago, el banco de la estación; cuando partieron los trenes. La boletería de tranvías en el 2050. Siempre fui el sonido de la cinta virgen en el estéreo, las letras en el margen, el agua del florero que se cayó al piso, la parte de la rosa que se comieron las hormigas.
Nunca antes yo había llegado a ser control remoto del televisor -ni siquiera con las pilas gastadas-, tampoco árbol o fruto, nunca fui bolígrafo con tinta, y menos; simplemente soledad.
Jamás alcancé a ser idea, ni vida ajena
ni vida
ni.
Y hoy descubro que vos, hiciste de mí un paréntesis en el gran paréntesis que ni eso era.
Entonces con esta verdad ya encarpetada -la última-, me desperezo y me siento a contemplarte, esperando que no termine
que no sea breve
que no lo cierres
a este paréntesis
porque solamente en este paréntesis
adrede
minúsculo
pequeño
dibujado
en esa línea vertical
y algo curva soy feliz
...)

Soledad Nº 2

Esa noche, alguien podría haber advertido (si hubiese querido), la noche de sus ojos. Esa casi casi expresión de vacío (que por tanto llega a ser total), ese silencio de ausencia, esa soledad de solos, esa agonía de vicios ajenos, ese abismo entre cuerpos distantes y fugaces adquiridos al azar.
Es quizás la piel gastada, el desprecio, los barrotes oxidados de ese cuarto en esa vida incorruptibles, el precipicio de las curvas; de las formas de esas curvas ya roídas, o tal vez la impotencia ante el abandono cruel que la encontró esa noche, sentada sola en medio de la cama a medio vestir (o desvestir), esperando sin sentido alguna soledad que acompañe, al menos por un momento, la suya.

Soledad Nº 1

Un sobre arrugado. Un papel rasgado de impotencia, varias palanganas redimiendo goteras, una puerta golpeándose por el viento y en el suelo trozos de cristal.
Fotos amarillentas sembradas con desprolijidad sobre la mesa. Una rosa marchita que se niega a abandonar su perfume. Sahumerios apagados. Velas a punto de ser ausencia, (más ausencia).
Entre las telarañas del revés de los cuadros oculté las palabras que dejé para decirte mañana. Camuflándolas entre tierra de macetas desprecié las oscuridades de nuestras tardes soleadas. En el fondo del ropero escondí por vergüenza aquellos sueños de los cuales ya sé que no soy dueña, y ahogué lágrimas en la cuneta de enfrente.
Me queda el incontenible vacío de tus labios empapándome de besos. El silencio de tus ojos ya apagados hasta siempre. Palabras retumbando en el eco de la despedida, y en el fondo del vaso, la gota de miel que no bebimos...

Algunos suelen contar ovejas, yo prefiero contar recuerdos...

Y me dormí así,
cansada ya de frotar esta piel pura y mojada,
abrazada a la almohada
que dejaste escarchándose de ausencias
al otro lado de mi cama.

.

-vine para que me devuelvas los instantes.
Era de madera lustrada, en venta hace meses en una feria de antigüedades. Brazos marfil. Puntos como límites. También circunferencia. Nada original. Poco original, respetable; de todas formas.
Él no pensó que se acabaría. Sin embargo corrió el pasador y abrió la puerta.
-vine para que me devuelvas los instantes- volvió a decirle.
Él retrocedió unos pasos hasta chocar con la mesita ratona, y dos pasos a la izquierda con el respaldo de un sillón. Se dejó caer en la banqueta a sus espaldas y se sentó a llorar.
Llorar como nunca. Lo vió encorvarse hasta ser feto. Lo vio llevar sus manos a la cara, como para disimular vergüenza, impotencia, o quién sabe qué cosa. Lo vio temblar. Lo vio empapado en llantos (y sudores). Lo oyó gemir de dolor como pocas veces antes. Lloró. Lloró. Lloró hasta parecer capricho y al reconocer que era inútil siguió llorando.
-vine para que me devuelvas los instantes. (o al menos la diferencia)- insistió antes de decidir cobrárselos, tomando el puñal para después clavarlo; con toda su brutalidad terrena, ensañada, en el reloj de pared. Que en ese momento, en esa habitación y sin ningún esfuerzo, seguía trazando el círculo vicioso de los días sin ella.

Breve Nº 1

Ella murió la luna en el ojo fugitivo (la muerta desandaba las luces anaranjadas por la tarde). El otro no pudo soñar los trenes del silencio, y de aquella cena surgieron los abismos. Nada parecía espejo. El sol caminaba las lunas (ya dije; muertas) de su vientre. No pudo decir lo que aguardaba (a-guardaba), alguien le cerró los ojos de un portazo. Los demás nunca llevaron a tiempo las maletas. El reloj atontaba caricias, y el vecino creyó que era otra espera (se equivocó de escalera). La que anida bienvenidas en su almohada se durmió de frío, y de ausencia. El otro volvió sus idas, volvió a volver (ida y vuelta, de vuelta) (y a la inversa), pero no pudo. El último vagón ya se había llevado los instantes.

.-.-.

lloran los estigmas de Cristo en el cuerpo de la mujer desnuda
(ya no hay dios que sople sobre ese valle)

la soledad cubrió de polvo cada milimétrico silencio
tal fueran restos de comida en el lavabo
donde alguien limpia platos con desdén

la soledad llenó de gritos el vacío que le habían dejado
atosigándola
amedrentándola
atormentándola
haciéndola partícipe
(una vez más)
del aguerrido espacio en que él no está

la soledad
-esa amiga traidora-
tentó de sexo nuevo (y único) al abatido cuerpo

y ya no hay poros inmunes
en la piel gastada / corroída
no hay sudor ausente
en el cuerpo del infiel

pero tampoco quedan puertas en la ciudad de Tebas
por abrir
y no quedan abismos
ni palabras que lo expliquen:

le pertenecen a él eternamente la savia, la saliva; sabia
las tres sílabas con las que ella dice te amo antes de llorar y abrazarse a su cintura para siempre.

...

El cuerpo frío sobre el piso frío.
Es esa clase de enamoramiento precoz o tardío
es esa clase de llama desoxigenada por ahogo extinguida
tentación saciada con alevosía
pena inconsciente desprecio vago
el próximo paso el aún no dado
la sospecha la duda
el arma temblando
en la mano que no tembló
el momento instantáneo
el segundo
la milésima fugaz en la que el aire que respiraba estuvo de más
la satisfacción cínica del eco de ese rostro
saber que ya es misión cumplida
que ya queda alguien menos en la lista

serena
calma
inerte
la mirada hostil sobre la mirada lánguida
los ojos culpables sobre los ojos recién vacíos.

Lingüística general

No hay que azotar al reloj, hay que impedirlo. Cuando las cosas ya están son pasado, se sienten pasado. Son pasado a partir del momento en que alguien escucha y se nombran. No hay que forzar a los espejos, no se es el mismo del mes pasado. Pueden nombrarse tantas cosas en un junio... Yo cuidé los labios secos, yo los abrigué de dedos; para que no te pronunciaran. Pero eligieron cara, y no salió cruz. Por azar no tuvieron censura, entonces yo incité a la lengua a interponerse; que no deje, que no permita, que intente impedirlo, que se resista, que no se rinda; que vencida, al menos te articulara despacio, lentamente, para así (premio consuelo) poder contemplarte siendo, dos o tres instantes más; de yapa. Después tuve miedo. (nadie firmó derechos, ni garantías) No quise correr el riesgo de tenerte entrecortado, suspendido, disgregado, interrumpido, hecho tramos por una lengua que en el espejo no es la mía. (el vidrio se había cachado en una orilla). No te tendría a vos si sólo conservara tus manos, no sería tempestad si tuviese sólo tus labios, ni vos serías completo si por ventura me adueñara de tu Z en la masacre. Pensándolo bien, sólo puedo serte para mí, si me dispongo (y me dispongo, obvio) a organizar colectas; recorrer barrios y bolsillos buscando tus letras para tacharlas, borrarlas, gastarlas (impedir su uso), robarme todos los fonos de tu nombre para que ya nadie pueda abarcarte entero (sólo yo) (y, provisoriamente, quien se haya quedado con tus pupilas, que rodaron a otros pies en mi alboroto) y siendo así, de pronto, pagar rescate y obtenerlas, y en total silencio, -previa abolición de los tiempos- a cual rompecabezas de piezas de puré de frutas tropicales armar tu cuerpo, letra a letra, dedo a dedo, diente a diente, poro a poro, pelo a vello. Camuflar las evidencias, amortizar los signos y prohibir todo sonido sordo fricativo velar que dé inicio a tu existencia pública, y guardarte así, mi varón sin nombre, mi nihilismo más perfecto, mi dadá en celo. Guardar tus partes en el relicario del living y no dejar que nadie nunca vuelva a bautizarte, que nadie pueda de nuevo hacerte social ni pasado. Y conservar el inventario con las piezas numeradas en secreto, para amarte y rearmarte; para resucitarte, retenerte, revivirte y vivirte en la sincronía donde las sombras se alargan. En los atardeceres circulares de un réquiem privadísimo.

Jardín clausurado

Ayer por la mañana alguien vino a clausurar mi cuerpo.
Patearon la verjita blanca y rompieron la cerradura, arrancaron mis rosas, pisotearon sus pétalos, llenaron los pozos con piedras, cerraron la fuente y escupieron los canteros. Alguien saltó sobre la flor violeta y ató la cinta. Después se fue.
(Algo así como si los dioses estuviesen jugando a la guerra).
Para que nadie pueda ya, soplar sobre este valle eterno; ni besar mi ombligo, en algún invierno.
Para que no puedan secar tus besos, ni borrar tus huellas, ni llorar mis rosas, ni marcar pisadas en el barro.
Ayer por la mañana decidí clausurar mi cuerpo.
Para que nadie nunca pueda, amor, tener tus cosas.

Amor 77

Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Julio Cortázar

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No creo en voz alta en la felicidad de los animales, sino cuando me apetece hablar de ella como marco de un sentimiento que es la suposición derivada. Para ser feliz es necesario saber que se es feliz. No hay felicidad en dormir sin sueños, sino solamente en despertarse sabiendo que se ha dormido sin sueños.
La felicidad está fuera de la felicidad.
No hay felicidad sino con conocimiento. Pero el conocimiento de la felicidad es infeliz; porque saberse feliz es conocerse pasando por la felicidad, y teniendo, en seguida, que dejarla atrás. Saber es matar, en la felicidad como en todo. No saber, sin embargo, es no existir.
Sólo el absoluto de Hegel ha conseguido, en las páginas, ser dos cosas al mismo tiempo. El no-ser y el ser no se funden y confunden en las sensaciones y razones de la vida: se excluyen, mediante una síntesis al revés.
¿Qué hacer? Aislar el momento como una cosa y ser feliz ahora, en el momento en que se siente la felicidad, sin pensar más que en lo que se siente, excluyendo lo demás, excluyéndolo todo. Enjaular al pensamiento en la sensación, (...) la clara sonrisa maternal de la tierra plena, el esplendor cerrado de las tinieblas altas, (...)
Es ésta mi creencia, esta tarde. Mañana por la mañana no será ésta, porque mañana por la mañana seré ya otro. ¿Qué creyente seré mañana? No lo sé, porque sería preciso estar allí para saberlo. Ni el Dios eterno en el que hoy creo la sabrá mañana ni hoy, porque hoy soy yo y mañana quizás ya no haya existido él nunca.

Fragmento de El libro del desasosiego
Fernando Pessoa